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Mexico D.F., jueves 16 de octubre de 1986


V  Bienal  Iberoamericana
de Arte:
La
naturaleza muerta exhumada

(2a. parte)

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Por LUIS CARLOS EMERICH

Segunda parte

   La asignación de premios de adquisición y menciones en la V Bienal Iberoamericana de Arte debió ser labor de Exhumación, el concurso de diversas sensibilidades y pun-tos de vista para sacar a la luz la naturaleza esencial del trabajo plástico realizado en 18 países por 160 artistas y así componer un panorama donde destaca solo el discreto encanto del buen oficio y dentro de este ciertos matices de personalidad creadora: tres premios y siete menciones que solo logran comunicar que los jóvenes están trabajando mucho en la maduración de un estilo propio con elementos de la normatividad plástica que quedaron en los museos y que, en ellos, aun no osan dar un paso adelante. Es decir, aun con su buena calidad, nos remiten a revisar a los clasicos de este siglo para seguirlos admirando. La frescura subversiva se quedo enlatada en el pop-art. Pero, pie en tierra, revisemos cada uno de los diez cuadros para matizar los rumbos del buen gusto que, por otra parte, no es poco en comparación con el caos circundante que le sirvió de marco y referencia.

   Comencemos con la efectiva sencillez de “Níspero y granadinas” Marisabela Erminy (Venezuela), que con  delicado pastel magnifico un grupo o fragmento de grupo infinitamente mayor de frutas manteniendo un equilibrio estable mediante armonías cromáticas  y formales de las que se desprende, por añadidura, una contenida sensualidad sugerente de la equivalencia carnal y sensorial de la naturaleza y el ser humano. Esta no es una proposición nueva, pero lo parece al confrontarse con la ausencia de este tratamiento en el resto de la muestra, aun cuando pudiera ser ser uno de los lugares comunes obligados.

   El mencionado Victor Gomez (Cuba) tambien hiperrealiza “La manzana que soñe”, porque tiene sueños de
grandeza; esta se alcanza exclusivamente por medio de u
na tecnica limpia e impresionante que remite a capacidades mas propias de la buena publicidad visual que de la pintura. De esto abunda en la muestra y quizá este cuadro represente mejor este deslizamiento a la ambiguedad. Contrasta esto con el dibujo mínimo, la modesta expreción calculada para recalcar la naturaleza mortecina de la obra de Cecilia Mattos (Uruguay), aves muertas aderezadas por materia muerta y discreta: una hoja se ca, un pedazo de tela.

   Raimundo Figueroa (Puerto Rico) se define latinoamericano por la exhuberancia de su forma, su colorido estridente y su juego compositivo selvático que recuerda la economía  del mejor Tamayo, por oposición.    Magali Lara (Mexico) arriesga el equilibrio de la composición para sobreponerse al tema. Como en un Matisse excesivo, flores azules y un ave desplumada como forma perdidda ironizan sobre la inexistencia real de la cotidianeidad exaltada.

   El español Carlos Amill, con espatulaza espontáneo y peciso ilumina con amarillo rasante esa suerte de universo que son los trastos y platos vacio tras excesos de comensales y sobremesa escandalosa. Los objetos vacios atestiguan la naturaleza muerta de los usuarios. No se daría esta interpretación libre si en la bruma rota, vasos, latas, platos o botellas no resultaran anecdóticos en vez de compositivos.

   No se podria dejar de mencionar a Noami Siegmann (Mexico) con la unica escultura expuesta, porque quizá su belleza  resida en la dificultad de sacarle a la madera (naturaleza) la forma perfecta de los objetos domésticos.

La dificultad de su labrado nos comunica con lo insólito, mas por el trabajo empeñado que por los resultados de su  expresión, aunque no deja de sorprender la naturaleza dada de su obra.

   El tercer premio se concedió a la austeridad. El de Roberto  Parodi es un cuadro sobrio, poco atractivo y reseco. Compone en la frialdad de grises y azules formas anodinas de mesa, silla, botella. Quizá atrajo por la economía  de su composición,  que es lo primero y único  que queda tras evadir colores frutales y cualquier alusión directa al tema.

   Hubiera resultado obvio que se  otorgara el primer premio (en vez del segundo) a Fernando Tovar (Colombia)
por su fuente hiperrealista neoflamenca. Se prefirio una composición plana, mas ambigua en sus origenes, una
recreación de formas (mesa, silla) de modo que el cuadro se  integrara abstractamente. O sea, que la identidad del objeto desaparezca, sobre todo en el volumen de gruesos empastes, en trazos fuertes  y colores reinventados
y que, con una proposición personal firme, recordara de al
gun modo al Tapiez poético al Braque terso especulador y al Pedro Coronel mas telúrico. Por esto el mexicano Miquel Casto Leñero esta en el sitio de honor, y el colombiano, mas impactante, y luminoso, mas sutil y mas “pintor”, apuesta innegable belleza para reclamar el mejor sitio en el gusto del espectador. No se premio una naturaleza muerta revivida por arte de pintura, sino la sutileza de enaltecer un cuadro que hay que explicarse, indagarse, medirse, mucho antes de decir si nos gusta.

   En resumen, la V Bienal de Arte Iberoamericano realizada por el Instituto Cultural Domecq satisface, al menos parcialmente, la periódica necesidad de confrontacion plástica americana, pero por su afan de unificar de
algun  modo el panorama por imposición de tema, no evi
ta lo que se proponía, grandes altibajos de calidad, la necesidad de una preselección –para no dar mal aspecto-. discusiones sobre la justicia del jurado, molestias estas que también causarían una convocatoria general, sin tema obligado, pero que si daría una visión real de búsquedas e inquietudes plásticas iberoamericanas indispensables para el devenir del arte.